La moral blindada: Una disección crítica del discurso del Papa en el Congreso

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El histórico discurso del Papa en el Congreso de los Diputados se presenta, a primera vista, como una loable defensa de la dignidad humana frente a los males de la modernidad. Sin embargo, bajo esta pátina de concordia late un profundo iusnaturalismo que encierra una trampa política: la pretensión de elevar hechos biológicos y convicciones particulares a la categoría de dogmas inamovibles. Al exigir una libertad irrestricta para que comunidades y familias se aíslen del diálogo social —bajo fórmulas como el «pin parental»—, el discurso no propone una solución a la polarización, sino una estrategia para sustraer los valores del escrutinio democrático. ¿Es posible articular un verdadero bien común cuando nos negamos a construirlo entre iguales, sin imponer dogmas previos?


He leído con mucha atención el discurso del Papa en el Congreso de los diputados. Y la verdad que, en general, apuesta por situar la dignidad humana en el centro de la vida social y política. Y eso está bien.

Pero encuentro algunas lagunas, algunos nubarrones negros que me gustaría analizar.

1. Los síntomas y no las causas

Hay algunas referencias interesantes cuando antepone el bien común al interés particular. Lo que me resulta llamativo es que señala síntomas que deplora (polarización, el conflicto bélico, trato a los migrantes, etc) pero no entra en las causas. Creo que eso hace el discurso poco creíble. ¿Por qué no se ha convertido el bien común en una fuerza arrasadora socialmente, y lo que tenemos es más bien el bien particular? Esa es la pregunta que no contempla.

Y ese es el punto ciego de los discursos puramente moralistas o iusnaturalistas: se quedan en la denuncia estética del síntoma (la polarización, la guerra, el egoísmo).

Si nos preguntamos por qué el «bien particular» ha arrasado con el «bien común», la respuesta no está en una supuesta «decadencia moral» de los individuos (que es la lectura pastoral clásica), sino en el diseño estructural y material de las sociedades en las que vivimos. Hay causas muy profundas que el discurso papal omite por completo:

El sistema socioeconómico moderno no es neutral. Está construido sobre el axioma instrumental de que la persecución del interés privado es el motor del progreso. A través de narrativas como la meritocracia, se socializa a los individuos para competir, no para cooperar. El sistema recompensa materialmente la maximización del «bien particular» (éxito individual, acumulación), mientras que el «bien común» se relega a una simple retórica de fin de semana. Pedirle a una sociedad diseñada para la competencia feroz que de repente abrace el bien común por pura voluntad moral es de un idealismo ingenuo.

Por otro lado, la lógica sistémica (el dinero, el poder, el cálculo de utilidades) ha invadido y colonizado progresivamente los espacios que antes estaban destinados a la integración social, los afectos y la cultura. Cuando la vida cotidiana se mercantiliza y precariza, la posibilidad de articular un «bien común» se asfixia. No es que la ciudadanía rechace el bien común por maldad, es que las condiciones materiales, el tiempo y los espacios públicos necesarios para sentarse a dialogar y co-construir esos lazos han sido expropiados.

Y aquí reside la mayor contradicción del enfoque del Papa. Él concibe el «bien común» como una verdad objetiva y preexistente (inscrita en la ley natural o en la Revelación) que la sociedad simplemente debe «descubrir» y acatar. Pero, si no partimos de un «cero axiológico«(1) donde los ciudadanos co-construyen esos valores mediante el diálogo, el supuesto «bien común» se percibe simplemente como la imposición de una narrativa hegemónica más. 

El discurso no entra en las causas porque, si lo hiciera, tendría que enfrentarse a conclusiones muy incómodas para su propia institución. Por un lado, tendría que hacer una enmienda a la totalidad de la estructura capitalista (algo que históricamente la Iglesia ha evitado llevar hasta sus últimas consecuencias materiales). Por otro, tendría que admitir que la solución a esa atomización no pasa por un retorno a la obediencia de los «valores tradicionales», sino por una democratización radical y dialógica de todos los ámbitos sociales, renunciando a dictar la moral desde arriba.

Es cierto que la Doctrina social de la Iglesia suele ser crítica con el capitalismo de consumo, el utilitarismo y el paradigma tecnocrático. Pero cree erróneamente que pueden solucionarse apelando a una simple «renovación moral» de las conciencias individuales. Apelar a la ley natural o a la bondad individual sin cambiar las reglas de producción económica (que exigen maximizar el interés privado ) es simplemente un voluntarismo ingenuo.

2. El aborto y la eutanasia

Hay una referencia, en el contexto de la defensa del eje central de la dignidad humana, que me resulta llamativa. Dice el Papa:

«… ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. » (El Papa León XIV, 2026)

Está claro que el eje central debe ser la dignidad de la persona, algo que conecta directamente con el bien común. Como dice en el mismo discurso, «El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana”.(2026) 

El problema está en la definición de lo que es «persona». Parece, por la cita anterior, que la persona, por tanto, también su dignidad, arranca de la misma concepción. Eso significa que un embrión en su primer día es ya persona en su sentido pleno. Y eso choca con cualquier ley del aborto y nos llevaría a la reflexión sosegada de si esto es cierto o no. ¿Podemos considerar que el embrión es ya persona humana con toda su dignidad? Yo diría que no. Habría que resolver la cuestión de cuándo podemos considerar que el «no nacido» puede realmente considerarse una persona. 

El problema del Papa es que eleva un hecho biológico (la concepción) a dogma moral pre-político y pre-moral para clausurar el debate democrático y social. La autonomía de la mujer y los derechos reproductivos no se resuelven buscando «esencias» en un embrión, sino mediante el consenso en la esfera pública sobre cómo ponderamos los bienes en conflicto (la vida en desarrollo frente a la autonomía corporal). 

También hay, obviamente, una referencia indirecta a la eutanasia, aunque más velada. Hay dos momentos. Cuando afirma que no sería una sociedad plenamente justa si no se atiende «al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás». Y continúa más adelante: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». La idea general de que «toda vida humana ha de ser reconocida y custodiada» es, para mi, impecable. Pero tal como está formulada puede también incluir que no está bien que alguien quiera poner fin a su vida. El problema aquí no es solo que restrinja la libertad, sino que impone su propia definición teológica de ‘vida’ (un don intocable) sobre la autonomía del individuo, anulando el derecho cívico a decidir sobre el propio sufrimiento.

3. La libertad, el liberalismo y el individualismo.

El discurso del Papa navega de forma complicada entre una defensa de la libertad en sentido liberal. El liberalismo clásico entiende la libertad fundamentalmente como «libertad negativa»: la ausencia de coacción. Eres libre en la medida en que el Estado u otros no interfieran en tu proyecto de vida, sea cual sea. Y el Papa utiliza esta retórica liberal para ponerle límites al Estado (por ejemplo, al exigir que no restrinja «indebidamente» la libertad de las familias). Sin embargo, en el propio texto hace una enmienda a la totalidad a la libertad liberal al afirmar: «ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones… significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente».

¿Qué significa esto? En el discurso del Papa el punto de partida sigue siendo un iusnaturalismo, esto es, la idea de que existe un Bien objetivo inscrito en la naturaleza humana al que hay que adherirse, una Ley Natural. La libertad, pues, tiene un propósito (telos), que es alcanzar «la Verdad» y «el Bien» y éstas están dadas de antemano. Ahora bien, si usas tu libertad para elegir algo que va contra esta ley natural (como el aborto, o una educación contraria a la dignidad), para la Iglesia no estás ejerciendo la libertad, sino cayendo en el error o la esclavitud moral. Por tanto, es una libertad con trampa: te exijo que me dejes ser libre (lenguaje liberal), pero solo considero libertad real aquella que coincide con mi marco ontológico.

Entre líneas es posible leer cómo el discurso instrumentaliza la idea liberal de libertad negativa para blindar el espacio de las comunidades de fe frente al Estado o cualquier poder fiscalizador. Al hacerlo, sabotea de raíz el eje del bien común que el propio Pontífice invoca como traducción de la dignidad humana. Si se legitima un reducto privado de tal calibre al que la comunidad política no puede exigir cuentas —como pretende la Iglesia para sus instituciones y dogmas—, la noción de lo común se desintegra. Esta lógica adquiere un tinte nítidamente individualista cuando se vincula a la propiedad privada: el enclave de fe se comporta entonces como una propiedad sagrada e inexpugnable, balcanizando el espacio público y eximiendo a las estructuras particulares de cualquier responsabilidad ante el tejido social global.

El puente teórico para sostener esta defensa es su punto de partida ontológico-moral: el iusnaturalismo. Esta doctrina funciona como la traducción racional de un fundamento teológico; asume que el mandato de la divinidad (Dios como el Bien supremo) está objetivamente inscrito en la naturaleza humana, permitiendo camuflar un dogma religioso bajo el lenguaje universal de los derechos.

Y esto le permite considerar que la libertad hay que entenderla como aquella en la que «ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente». Esta afirmación recuerda a la posición tomista. Su primer principio ético, evidente y universal, es que: se ha de hacer el bien y evitar el mal («Bonum est faciendum et malum vitandum»), principio que es innato en todos los seres humanos. Este principio se despliega en una serie de inclinaciones naturales básicas:

  • La inclinación natural a preservar la propia vida y el propio ser.
  • El impulso natural a la unión entre los sexos, la procreación y la educación de los hijos.
  • La tendencia natural a buscar la verdad (especialmente el conocimiento de Dios) y a vivir en sociedad buscando el bien común con los demás.

La cuestión, para mi, no es que defienda la libertad y el bien común -algo con lo que estoy de acuerdo- sino más bien 

1) que el último fundamento sigue siendo religioso y, por tanto, particular. No está construido, consensuado sino dado de antemano. 

2) La relación entre libertad y bien común queda bajo el supuesto de que la primera hará que abracemos la segunda, lo que supone dejar fuera el marco político-económico que sustenta lo que yo llamo hiperbolización del yo (el individuo aislado y atomizado que produce la modernidad capitalista). 

3) impide entrar en el análisis de las causas de los síntomas (fracturas) del mal social que desgrana a lo largo del discurso y que amenazan la dignidad humana y el bien común: desde el desamparo de la vida vulnerable (aborto y eutanasia) y el drama migratorio, hasta la polarización del debate, la lógica armamentística, el utilitarismo o las presiones sobre la libertad religiosa. Son los síntomas de una misma enfermedad de fondo: el abandono de esa ley natural. El antídoto es que volvamos a reconocer y elegir libremente el seguimiento de dicha ley natural. Pero no es posible superar una enfermedad si no conocemos las causas materiales que la provocan. ¿Cómo recuperar la ley natural si, como he dicho más arriba, el eje de la organización social es la persecución del interés privado como motor del progreso y que socava el bien común? 

4. La libertad de educar a los hijos en las propias convicciones

Aquí hay una inconsistencia. A lo largo del discurso, el Papa critica ferozmente el individualismo atomizado. Llama a la solidaridad, a ocuparse del migrante, a mirar por el bien común por encima del interés privado. Suena a un comunitarismo humanista puro.

Pero, paradójicamente, cuando se trata de la moral y la educación, el Papa defiende un individualismo basado en la familia. Al exigir un derecho «primario e inalienable» de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones —exigiendo que el Estado no interfiera—, está convirtiendo a cada familia en una mónada, en una isla soberana.

El Papa intenta proteger el «mundo de la vida» (la familia, la comunidad) de la colonización del «sistema» (en este caso, el Estado, pero no de la organización económica). Pero al hacerlo de forma absoluta, clausura la posibilidad del diálogo social. No puedes construir un «bien común» sólido si fragmentas la sociedad en millones de burbujas familiares impermeables a la crítica racional externa. Si la familia es un coto privado absoluto, el racismo, el machismo o el clasismo quedan blindados bajo la etiqueta de «convicciones morales», haciendo imposible la solidaridad universal hacia el migrante o el vulnerable que el propio Papa reclama.

El Papa opera bajo la premisa esencialista de que la moral de una familia (por estar basada en la «ley natural» o en Dios) tenderá inherentemente hacia el bien y el respeto a la dignidad. Por tanto, no ve la necesidad de ponerle límites a ese derecho educativo. Pero al chocar con la realidad fenoménica (donde existen familias racistas, xenófobas o machistas), su argumento se derrumba: no puedes garantizar la dignidad universal del migrante o la mujer si, al mismo tiempo, blindas el derecho de las familias a inocular el odio al migrante o a la mujer en la siguiente generación. 

Esta posición chocaría con una educación cívica pública y sujeta al diálogo y al consenso. Exigir una libertad educativa absoluta sin límites es dar carta blanca a la reproducción del dogmatismo y la desigualdad. Tenemos el ejemplo del «pin parental», defendido por determinados sectores políticos, que no es otra cosa que el intento de sustraer a los niños de ese espacio público de diálogo para encerrarlos en el dogmatismo particular de sus padres. Y esto no hace más que reproducir socialmente muchas de las cosas que el propio Papa considera males sociales o morales.

Conclusión:

El discurso papal, en forma de defensa de la dignidad humana y los derechos, esconde una estrategia sistemática para sustraer los valores del escrutinio democrático. Ya sea apelando a la «Ley Natural» inamovible (en la eutanasia y aborto ), blindando el sigilo sacramental bajo la libertad religiosa , o escondiendo el adoctrinamiento infantil bajo el paraguas de la «libertad familiar» inviolable. Lo que no entra en sus cálculos es la suspensión del juicio para poder inicial un diálogo en el que construyamos significados compartidos. Frente a esto sigue defendiendo que las normas que nos rigen nos vienen dadas por la divinidad y/o por la naturaleza. Pero debemos co-construirlas entre iguales en la plaza pública partiendo del «cero axiológico» (ver nota 1).

NOTAS:

(1) Sobre el significado de «cero axiológico» ver (Enrique Pampyn, 2026)

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