El espejismo demográfico y la trampa del capital: lo que esconde el debate migratorio

La reciente entrevista del periodista Juan Soto Ivars a la investigadora de FUNCAS, María Miyar, podría ser útil para abrir una grieta en el encorsetado debate sobre la inmigración en España.


El espejismo demográfico y la trampa del capital: lo que esconde el debate migratorio

La reciente entrevista del periodista Juan Soto Ivars a la investigadora de FUNCAS, María Miyar, podría ser útil para abrir una grieta en el encorsetado debate sobre la inmigración en España. Miyar, haciendo referencia a datos demográficos y estadísticas oficiales desmonta el mal llamado «buenismo» institucional (por despectivo y descalificador). De sus palabras parece claro que la inmigración masiva no es la solución mágica para salvar nuestras pensiones ni para rejuvenecer el país. Según ella es Es, en sus propias palabras, «pan para hoy y hambre para mañana».

Sin embargo, al utilizar estos datos exclusivamente para golpear el idealismo de la izquierda, el análisis mediático deja en la sombra la otra gran falsedad del tablero político: la inmensa hipocresía estructural de la derecha conservadora. Si sometemos el discurso de la «prioridad nacional» a la misma ortodoxia analítica, el castillo de naipes se derrumba. La inmigración no es un problema de choque cultural, sino el síntoma de un modelo productivo adicto a la precariedad.

La falacia del reemplazo y la convergencia de la miseria

El discurso oficial nos vende que la mano de obra extranjera rejuvenecerá la pirámide poblacional. La extrema derecha, por su parte, retuerce ese mismo dato para agitar el fantasma del «gran reemplazo» cultural. Los datos sociológicos fulminan ambas narrativas: la tasa de fecundidad de las mujeres inmigrantes converge rápidamente con la de las españolas al poco de asentarse.

No hay una estrategia de conquista demográfica. Lo que hay es una clase trabajadora —nacional y extranjera— castrada reproductivamente por la misma realidad material: salarios de subsistencia, alquileres inasumibles y una conciliación imposible. El inmigrante que llega hereda inmediatamente la precariedad del sistema de acogida.

La anatomía del Valor Añadido: el capital contra el salario

Para entender por qué España absorbe tanta mano de obra de baja cualificación, hay que mirar las matemáticas del sistema productivo. La riqueza real que genera una empresa, el Valor Añadido Bruto (VAB), es una tarta que debe repartirse. Podemos condensar esa batalla distributiva en una fórmula esencial, desglosando el trabajo humano y la tecnología:

{VAB} = (T*s) + (M*a) + Impuestos + Gastos Financieros + Beneficio Neto

En esta ecuación, (T * s) representa a los Trabajadores multiplicados por su salario, y (M * a) representa a las Máquinas (o Inteligencia Artificial) multiplicadas por su coste de amortización.

La economía española compite globalmente abaratando costes, no mediante la innovación. Para que la variable del Beneficio Neto crezca, el empresariado de sectores como la hostelería, la agricultura intensiva o los servicios necesita imperiosamente que el factor s (el salario) tienda al mínimo. Aquí reside la gran contradicción conservadora: exigen fronteras cerradas en lo cultural, pero necesitan fronteras abiertas en lo laboral. Si se aplicara su ansiada «prioridad nacional», estos sectores tendrían que contratar a españoles mejorando drásticamente las condiciones laborales, lo que vaciaría sus márgenes de beneficio.

Más aún, esta fórmula nos advierte del horizonte oscuro que plantea la automatización. Cuando empresas como Meta despiden masivamente para integrar Inteligencia Artificial, están aniquilando la variable (T * s). Como el coste tecnológico $(M \cdot a)$ es infinitamente menor que el pago recurrente de nóminas, la riqueza generada fluye sin obstáculos hacia el Beneficio Neto. La tecnología ya no ayuda al trabajador a producir más; lo elimina de la ecuación para no tener que repartir la tarta.

El mito de la criminalidad importada: memoria de los años 70

El último refugio del discurso identitario es la delincuencia. La estadística bruta es innegable: la población extranjera está sobrerrepresentada en el sistema penitenciario. Pero en sociología, correlación no es causalidad.

Basta un simple ejercicio de memoria histórica para desmontar el factor racial. En los años 60 y 70, el éxodo rural español empujó a cientos de miles de andaluces, extremeños y castellano manchegos hacia las periferias de Madrid y Barcelona y otras ciudades. Aquellos migrantes compartían idioma, religión y cultura con la sociedad receptora. Sin embargo, al ser confinados en la base de la pirámide económica, desarraigados de sus redes de apoyo y hacinados en infraviviendas, el resultado fue predecible. Barrios como Orcasitas, Villaverde o áreas de Vallecas sufrieron episodios de violencia extrema y marginalidad («el fenómeno quinqui») protagonizados exclusivamente por jóvenes españoles de pura cepa.

Ayer eran extremeños en Vallecas; hoy son marroquíes o dominicanos en Lavapiés o Parla. La violencia no brota del pasaporte, sino de una ecuación sociológica implacable: juventud, sexo masculino y marginación material extrema.

Conclusión

El debate provocado por Soto Ivars acierta al exigir que abandonemos el moralismo ciego. Pero la honestidad intelectual exige aplicar esa misma lupa a todo el espectro político.

Los datos de FUNCAS no solo alertan de los límites del Estado del bienestar ante una inmigración desordenada; también son la prueba de cargo contra un sistema económico parasitario. Mientras el discurso progresista disfrace de multiculturalismo la necesidad de mano de obra barata, y el discurso conservador culpe a la cultura de los estragos causados por la pobreza que ellos mismos rentabilizan, el problema seguirá intacto. El verdadero conflicto no es entre naciones, sino entre quienes generan el valor y quienes lo acaparan.



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