La estética como anestesia: El vacío argumental en «Los Domingos»

Tras ver la última película de Alauda Ruiz de Azúa, >Los Domingos, ganadora de la Concha de Oro, albergo serias dudas sobre que la película refleje lo que la directora manifiesta pretender. No puedo evitar sentir que la película, bajo una factura técnica impecable, esconde una serie de trampas que parecen no favorecer un debate intelectual honesto.


Por: Enrique Pampyn

La selección de la música, la dirección de actores, el uso de los silencios son magistrales. Lo que permite que la historia que se cuenta en 2 horas no se haga pesada, aunque a mi la historia realmente no me ha dicho nada de particular.

1. El refugio en lo particular

Creo que la película fracasa en su intento de alcanzar una dimensión universal. No sé si es algo pretendido, quizá sí. En cualquier caso, la situación familiar que dibuja es tan particular que termina por carecer de interés, al menos para mi. Parece un escenario de laboratorio: una orfandad materna, conflictos de herencias, matrimonios rotos y personajes al límite de la estabilidad. Al llenar la vida «secular» de tragedias accidentales y disfuncionalidades, puede que la película no explore realmente la libertad, sino la justificación de una huida. La elección de la protagonista podría entenderse no como un acto de fe, sino un refugio ante un entorno civil gris y neurótico. Pero lo curioso es que este último enfoque no aparece en la película o, si lo hace, es tan sutil que queda anegado por la música. Ella misma dice que «el personaje de Ainara fuera uno con capas. Recuerdo ser una chica de esa edad y aunque te falta experiencia vital, la realidad puede ser compleja y se puede sentir un vacío. Todos reconocemos esas sensaciones de cuando empezamos a crecer y a veces el mundo no es un sitio amable, sobre todo si has perdido a una madre» (Sánchez, 2025). ¿Y si no hubiera perdido a una madre, y si su tía no fuera emocionalmente inestable…? 

2. El sesgo de la salud mental

Existe, para mi, un desequilibrio evidente en la caracterización de los personajes. El lado religioso posee el monopolio de la serenidad y la técnica (el cura «majete» que usa dinámicas de grupo, la priora comprensiva). En contraposición, el ateísmo o laicismo, qué se yo, aparece encarnado en la tía de la protagonista, un personaje emocionalmente inestable que termina por perder los papeles. El mensaje subliminal puede ser: la religión es orden y salud; el laicismo es desequilibrio y conflicto. Al deslegitimar emocionalmente al oponente, la directora anula el debate de ideas. Y ella misma señala que «La película tiene espíritu crítico o vocación de estimular algo, pero no es una conversación de blancos y negros. Se busca intentar llevar al espectador a las preguntas profundas y complejas. De ahí el haber explorado diferentes puntos de vista porque los que son más cercanos siempre son más fáciles de trabajar» (2025), pero es difícil encontrarlo, el espíritu crítico, con polos tan pulcramente construidos de forma antagónica: El orden, la comprensión y la salud mental del lado de los personajes religiosos, la inestabilidad, el descontrol emocional, el estrés… del lado del personaje opositor, la tía.

3. La censura del argumento: La música como mordaza

Es especialmente tramposa la escena en la que el cura utiliza una técnica de trabajo en grupo que fomenta la confianza en los demás para comparar ésta con la confianza en Dios. Ante este salto ontológico —pues la confianza humana es empírica y la divina es una experiencia íntima sin respuesta recíproca tangible—, el guión decide subir el volumen de la música coral y silenciar el razonamiento o los posibles argumentos que parece esgrimir el cura, pues se le sigue oyendo de fondo. Se nos sustrae, pues, el razonamiento para forzarnos a la emoción. En este caso el silencio no es lo ideal. Podríamos pensar que no es otra cosa que una forma de adoctrinamiento estético: cuando el argumento puede no sostenerse, se utiliza la belleza como arma que anestesia el sentido crítico.

4. El dogma del «Dios único» y el silencio de la razón

En una de las escenas, durante una reunión entre la familia, la priora y una de las monjas más ancianas del convento, ésta última sentencia con condescendencia algo así como «Espiritualidades hay muchas, pero Dios solo hay uno». La verdad, esto me suena a una exclusión disfrazada de talante abierto. Implica la desautorización de cualquier otra deidad o creencia de las muchas que hay en el mundo. Que el guión obligue al personaje ateo a callar ante tal afirmación es una claudicación dialéctica inexplicable. A mi se me ocurren algunas interpelaciones: hay muchos dioses sujetos a espiritualidades diferentes, con tu afirmación del único dios ¿estás desautorizando o excluyendo el resto de deidades? Vuelve a ponerse de manifiesto el núcleo de toda religión: la exclusión de otras creencias, la exclusión del otro, por mucho que se vista de «buen rollo».

5. El cliché religioso: las frases lapidarias

Los personajes religiosos parecen todos iguales, realmente. Son todos bondadosos, calmados, que dan confianza y esperanza… Y dicen casi las mismas cosas que se han dicho siempre. Al menos así lo tengo en mi recuerdo. En ese sentido creo que son clichés, frases sacadas de un libro religioso de autoayuda. Esto diluye la credibilidad de los personajes.

Los personajes religiosos carecen de individualidad; son todos bondadosos, calmados y depositarios de esperanza. Sus diálogos parecen sacados de un manual de autoayuda confesional, recitando frases que hemos oído toda la vida. Este recurso al cliché diluye la credibilidad de los personajes, los deshumaniza.

6. La llamada: entre la vivencia y la veracidad

Resulta llamativo que en ningún momento se cuestione la autenticidad de la «llamada de Dios».  Dios te llama directamente al corazón, es algo que sientes, pero no física sino espiritualmente. Es como una voz interior que se siente sin oírla. Que esto le ocurra a un personaje en el cine es algo normal, lo que no es normal es que en ningún momento de la película se cuestione la realidad de dicha llamada. No se trata de pensar que dicha llamada no se siente, sino si realmente es una llamada de dios. Ningún personaje lo plantea de forma abierta. Si alguien afirmara hoy haber hablado con un familiar fallecido, no dudaríamos de que ha tenido la experiencia, pero pondríamos seriamente en duda la realidad de la misma. En el cine, como en la vida, no podemos conocer aquello de lo que no tenemos experiencia material ni teoría que lo explique. Los delirios de una psicosis son delirios. No podemos negar la experiencia interna de la persona, pero si dudamos de que sean reales. Al no plantearse la posibilidad de que esa «llamada» sea un fenómeno psíquico —o incluso un delirio derivado de su situación familiar—, la película valida la metafísica religiosa.

7. Un final de frialdad técnica

La película tiene, de hecho, dos finales. La verdad es que una película con dos finales no sé si está bien. Final 1: la mirada de un joven que, en el coro, mira a la protagonista mientras cantan (esto ocurre en varias ocasiones), vuelve a mirarla pero ésta ya no está porque la ha perdido en el convento. A este final le venía bien las imágenes de su entrada como novicia combinada con la mirada del jóven y la ausencia en el coro. Ese sería un buen final. 

Pero hay un final 2. Después de lo del coro aparecen las imágenes de su acceso como novicia, su postración ante Dios, pero con un diálogo previo entre tía y sobrina. Las últimas palabras hacia su tía, «rezaré por ti», pronunciadas con una frialdad sobrecogedora (da la sensación de que, incluso, está enfadada) no son un acto de amor, sino la escenificación de la ruptura del vínculo humano en favor de una institución.

Una reflexión desde la experiencia personal

Esta película me ha recordado un episodio de mi juventud. A los 17 años, asistí a unos ejercicios espirituales dirigidos por curas «modernos» y de talante abierto. Ante mi incapacidad para ver la conexión lógica entre sus discursos y la necesidad de Dios, el guía espiritual recurrió al chantaje emocional: nos mostró fotografías brutales del sufrimiento humano, mientras, con voz suave (yo diría hoy que sensual) nos lo iba explicando tratando de sumergirnos en una emoción de horror. Cuando pregunté qué conexión causal había entre ese horror y la existencia de Dios, la respuesta no fue un argumento, sino una orden: «Cállate para que pueda seguir».

Ese «cállate» es el mismo que aplica Alauda Ruiz de Azúa mediante su banda sonora y sus silencios técnicos. La verdadera paz y la convivencia no nacen de la estética que camufla el vacío, sino de la capacidad de sostener la palabra ante el que piensa diferente. Los Domingos es, en definitiva, una obra bien montada que mantiene al espectador en la butaca, pero que prefiere el bálsamo del cliché antes que el riesgo de la honestidad intelectual.

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