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Desde "Doktor Faustus" de Thomas Mann

Acabo de terminar la novela de Thomas Mann, “Doktor Faustus”. Hay algo en ella que me impresiona; algo en cierto modo indefinible. Quizá relacionado con la grandeza de la expresión única de un YO, la necesidad de recuperar el sentido de la vida que, ya, ahora, no puede aparecer sino de forma desesperada, como locura, como ‘rotura’.

En el fondo me produce mucha intranquilidad. Remueve los cienos que habían ido posándose con el tiempo, los cienos que me daban razonable gravedad, pesadez: el sentido de una vida encauzada en un apacible soñar, en una apacible ausencia de vivencias que trasciendan el sentido, la ausencia de la desesperación lúcida. Quizá resuena en todo esto la creciente certeza de una evasión, de un abandono de la vivencia del presente. Quizá sólo evoca la grotesca, y a veces obscena, estancia en un limbo vacío incluso de mis mismo (porque ya soy poca cosa). En esta negación de mi vida (mi experiencia) late también la envidia que el recuerdo de otros momentos intensos –ciertamente olvidados en su esencia- proyecta sobre el arte o, más bien sobre el artista; este es el depositario de la creación; su producto no recrea, no puede, la agitación única, definitiva que se transforma en objeto. ¿Quizá la pasión? ¿Es éste el elemento que sibilinamente se escurre entre mis dedos ansiosos? Quizá. Pero no entendida como un simple deseo de ‘algo’, sino como experiencia desesperadamente intensa de uno mismo que necesariamente trascienda la existencia.

Me he acercado peligrosamente a la terrorífica idea de la desintegración de la conciencia en la experiencia de sentirse místicamente transportado, en el cosmos de un nous genérico que sólo puede subsistir fuera de los restos de los ‘yoes’ que, quizá, quedan abandonados a un errar absurdo, ridículo, porque la sustancia vital ha sido absorbida y mezclada de tal modo que hace absurda cualquier distinción. El agua vuelve a ser ella misma. La petreidad distintiva, característica, vaga, ya sin lamentos, por un vacío sin señales, sin signos, sin direcciones, sin sentidos.

Peligro. Evidente, porque la negación de la experiencia trascendente, pasional, es un intento desesperado por conservar esa sustancia vital, aunque no como posibilidad de realización, sino como esperanza, como utopía; paradójicamente, como sentido.

Pero el culpable ha de ser condenado; condenado a sentir la negación como una paradoja: necesidad y mutilzación. Necesidad de conservar y mutilación de mi mismo. Esta última impone abusivamente el deseo de saltar la frontera y realizar la sospecha de que allí se encuentra la felicidad. Pero la necesidad de retener el salto, de arrancarme los pies, porque otra sospecha aparece simultáneamente: allí no seré yo, sino otro que no se sabe yo. Absurdo.

 

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